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Luis Cernuda, Ocnos y la nostalgia indomable.

Una de las figuras más olvidadas, o menos comentadas de la literatura sevillana es Luis Cernuda. En 1902 se da en Sevilla el nacimiento de un chico, hijo de un militar y nieto de un droguero francés. Un niño inquieto que recibió una educación propia de hijo de militares de la época, dura e intransigente. 
 
Con 9 años Luis Cernuda asiste a un evento peculiar, se produce el traslado de los restos de Gustavo Adolfo Bécquer desde Madrid para instalarlos en el Pabellón de Sevillanos Ilustres, sito en la Iglesia de la Asunción. Este traslado hace que un jovencísimo Luis Cernuda se interesase por la poesía. Además, la insistencia de uno de sus profesores hizo que comenzara a escribir versos. 
 
Empezó a estudiar derecho, donde coincide con un profesor llamado Pedro Salinas. Fiel asistente a las tertulias literarias de la ciudad, coincide con todos los grandes literatos que por la fecha acudían a la ciudad. Participa en el homenaje a Góngora que da nombre a la Generación de 1927. Escribe en publicaciones como La Verdad, la Revista de Occidente, Mediodía o Libertad. En 1928, tras la muerte de su madre, abandonó para siempre la ciudad. 
 
Durante la II República, Luis no dudó en participar en las misiones pedagógicas, un escuela ambulante que llegó a más de 7000 municipios, y donde se apuntaros voluntarios de todo tipo y procedencia. Posteriormente marcharía a París para ser agregado en la embajado. Volvió para participar en la guerra civil, pero durante poco tiempo. En el exilio, mientras estuvo en Gran Bretaña dio clases a unos niños refugiados procedentes del País Vasco. 

El resto de su vida la pasó en Estados Unidos y Latinoamérica, allí estuvo trabajando de lector de español, de profesor, conferenciante, etc. 
 
Su vida fue bastante peculiar, no sólo por el recorrido mundial como exiliado y su participación en todos los círculos intelectuales del momento, sino por su personalidad. Luis Cernuda, en los años 20 y 30 del SXX, no ocultó jamás su homosexualidad. Hombre valiente, que no renunció al amor, y del que se le conocen varias relaciones abiertas y públicas. Hacer esto en los años de los que hablamos es algo fuera de lo común, que demuestra una personalidad fuera de lo normal. Mantuvo disputas con Federico García Lorca, aunque no dudó en escribir una elegía al poeta tras su asesinato por parte de los rebeldes fascistas. 
 
“Pero antes no sabías 
La realidad más honda de este mundo: 
El odio, el triste odio de los hombres, 
Que en ti señalar quiso 
Por el acero horrible su victoria, 
Con tu angustia postrera 
Bajo la luz tranquila de Granada, 
Distante entre cipreses y laureles, 
Y entre tus propias gentes 
Y por las mismas manos 
Que un día servilmente te halagaran.”
 
Son los textos de Luis Cernuda una eterna batalla entre el deseo y la realidad. La realidad dura, violenta, hosca, perniciosa, contra un deseo puro, inalcanzable, supremo. “La obra de Cernuda es una exploración de sí mismo;una orgullosa afirmación, al fin de cuentas no desprovista de humildad,de su irreductible diferencia”, así describía Octavio Paz sobre su obra. Y es en eso que escribió casi siempre por desamor, con una pasión sólo apreciable por quién exclusivamente mantiene amores prohibidos. 
 
 
“Quizá mis lentos ojos no verán más el sur 
de ligeros paisajes dormidos en el aire, 
con cuerpos a la sombra de ramas como flores 
o huyendo en un galope de caballos furiosos. 
 
El sur es un desierto que llora mientras canta, 
y esa voz no se extingue como pájaro muerto; 
hacia el mar encamina sus deseos amargos 
abriendo un eco débil que vive lentamente. 
 
En el sur tan distante quiero estar confundido. 
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta; 
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento. 
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.”
 
Y es en este constante y desconsolado desamor que escribió la obra que hoy nos hace hablar de él. Ocnos. Una obra que mantuvo en constante revisión. La primera edición de 1942 (Londres) con 31 poemas, la segunda de 1949 (Madrid) con 46, y la última, publicada en México a los pocos días de su muerte, que ya contaba con 63 poemas. 
 
Ocnos es una vuelta de tuerca al poeta. Unos poemas que evocan el recuerdo de la ciudad donde nació y se crió. Según Philip Silver, el libro nos demuestra nostalgia y mitificación de la ciudad. Apela el estudioso a la inocencia de un infante, a la edenificación del lugar y al amor por la naturaleza, y las relaciona con las necesidades del poeta. Estas necesidades serían las de encontrar una respuesta a la desolación del exilio y la penosa realidad histórica por las que atravesaba España. La soledad del exilio, la falta de amigos, el ambiente opresor de Inglaterra y Escocia, además del inicio de la Segunda guerra Mundial son los elementos que normalmente se asocian a la existencia de esta magnífica obra. 
 
Cernuda, en ella, además, utiliza una narrativa lírica, género poco cultivado en España, y que probablemente resulte de la influencia que en él tuvo Bécquer. Escrito en el Agua, el poema que cerraba la segunda edición y que terminó por no aparecer en la obra por mano de la censura es una buena muestra. 
 
“Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.
 
Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.
 
Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desa­parecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.
 
¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incom­parable y perfecto.
 
Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia. “ 
 
El autor juega con la ambigüedad de su propia creación y casi nunca da nombres de lugares ni fechas, la temporalidad y el lugar siempre queda a la interpretación del lector, o de los estudiosos, que en estos casos nos hacen un gran favor a los lectores medios.   Y para cerrar este pequeño e insulso homenaje a la figura de Luis Cernuda, os dejamos un poema importante para nosotros, pues su existencia, y su presencia en la Calle Judería, nos permite hablar sobre el poeta en nuestra ruta de Santa Cruz. El Magnolio: 
 
“Se entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul. En un recodo de la calle estaba el balcón, al que se podía trepar, sin esfuerzo casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores. Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de otro modo, más libre, más en la corriente de los seres y de las cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol, aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios.”

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