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Bécquer y la huella templaria

Atad a los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas”. Con estas palabras comienza una de las leyendas más terroríficas y apreciadas por los lectores del género; uno de los grandes exponentes de la literatura romántica, creado por la fértil imaginación de Gustavo Adolfo Bécquer.
 
El Monte de las Ánimas es un relato publicado el 7 de noviembre de 1861 para el diario El Contemporáneo, en el, Bécquer nos hace partícipes de una historia que le llegó oralmente acerca de dos primos, Alonso y Beatriz, que en el día de Todos los Santos iniciaron un juego de cortejo con consecuencias insospechadas en un entorno natural que vaga entre dos mundos, el de los vivos y el de los muertos. El lugar en el que el autor sitúa esta leyenda se encuentra en las afueras de Soria y a orillas del Duero.
 
Pero, ¿qué misterio encierra el Monte de las Ánimas? Este monte era propiedad de los caballeros templarios. Tras la expulsión de los árabes de Soria, el Rey mandó llamar a algunos de éstos para que defendieran la ciudad, por lo que el monte pasó a ser una propiedad de la Orden, lo que daría lugar a que fundaran, según se dice, el convento de San Polo, del que hoy solo queda la iglesia. Esto les granjearía la enemistad de los nobles de Castilla que vieron su honor herido, por la decisión del Rey de acudir antes a los Templarios que a sus hombres. Esta tensa situación llevó a un cruento enfrentamiento que tuvo como escenario este monte, en el cual perecieron cientos de personas y que, según la leyenda, fueron enterrados allí. El nombre del monte parece deberse a que cierta cofradía rendía los frutos que obtenían de este lugar con el fin de recaudar fondos para misas por las ánimas de los difuntos, que allí encontraron su última morada.
 
Lo que acabamos de referir, que se encuentra a caballo entre la realidad y la ficción es la base histórica; Bécquer se encargaría del resto. Según su leyenda, al doblar de las campanas de la iglesia en el día de Todos los Santos nadie debe merodear por el monte, pues los cadáveres se levantan de sus tumbas con la incorruptible voluntad de acudir a la llamada de la misa por sus almas. Como en toda buena leyenda hay una parte real, de hecho, el autor al referirnos que recibió el relato por vía oral y darnos tantos detalles consigue darle coherencia y verosimilitud a la narración. Pero, ¿qué hay de cierto en el Monte de las Ánimas? ¿Realmente estuvieron los templarios en este monte?
Todo parece apuntar que algo tuvieron que ver y es que con la reconquista y repoblación de Soria a manos del rey Alfonso I el Batallador muchas órdenes militares se asentaron en la ciudad, entre ellas la Orden del Temple y la Orden de Malta. La ubicación de estas órdenes se encontraba extramuros, es decir, fuera de la ciudad y su función era la de proteger a los peregrinos. Teniendo todo esto en cuenta, no nos ha de extrañar que el convento de San Polo fuese fundado por los Templarios y que el popular Monte fuese propiedad de la misma, al igual que el monasterio de San Juan del Duero, también ubicado en Soria, creado por la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, también conocida como la Orden de Malta. No obstante, no disponemos de pruebas fidedignas que demuestren que el convento de San Polo fuese creado por los Templarios.
 
¿Solamente aquí encontramos huella templaria? ¿Qué pasa en nuestra ciudad?
 
Bécquer sitúa muchos de sus relatos en Soria, de hecho publicó una colección de relatos englobados bajo el título Leyendas Sorianas; quizá en parte porque supo apreciar el arte y la historia de la ciudad o bien porque su mujer, Casta Esteban y Navarro era natural de Noviercas; que anecdóticamente conoció el mismo año que El Contemporáneo publicó el Monte de las Ánimas. Si bien Bécquer ubica a los templarios en Soria, en dos de sus populares leyendas (El Rayo de Luna y esta que tratamos hoy) la ciudad natal de Bécquer también se dejó sentir por estos caballeros, si bien la huella que dejaron no resultó ser todo lo indeleble que cabría esperar por la prohibición contra esta Orden en el Siglo XIV.
 
Tras la Primera Cruzada, los Templarios se encargaron por velar de la seguridad de los peregrinos que querían visitar Tierra Santa. Pero estaban muy interesados en el caso español. La Península Ibérica estaba dominada por los árabes, de nuevo, las premisas de la Cruzada y la lucha contra los infieles afloraron en ellos y les llevó a aunar fuerzas con Fernando III para tomar el reino de Sevilla. En compensación, se les concedió propiedades, tales como Jerez de los Caballeros y Fregenal, pertenecientes al reino de Sevilla; y los castillos de Alcalá de Guadaira y Alcalá del Río.
 
El barrio de San Bernardo recibe el nombre por Bernardo de Claraval, el abad que otorgó sus reglas a la Orden del Temple y que predicó la Segunda Cruzada. Se sabe que los templarios tomaron la Buhaira como base para una posterior operación militar de asedio por la Puerta de la Carne. Reconquistada la ciudad, recibieron una “zona de influencia” que abarcaría desde la Plaza Nueva hasta la puerta del Arenal, incluyendo la plaza de Molviedro y ubicándose la casa templaria en la calle Zaragoza.
 
Nuestra arqueología templaria nos lleva a la Casa de Santa Teresa y a la calle Mesón de los Caballeros; también en el Hospital de la Caridad encontramos un símbolo más que evidente, el lema de los Templarios puede verse en el arco de la entrada y en varias lápidas, aunque debemos tener en cuenta que la construcción del edificio fue muy posterior a la prohibición.
 
Pero no solamente encontramos registros materiales del paso de los templarios por Sevilla, también alguno de los personajes de nuestra ciudad se vieron relacionados íntimamente con esta Orden, es el caso de Don Felipe de Castilla, hijo de Fernando III y hermano de Alfonso X el Sabio, fue el primer arzobispo de Sevilla que al alcanzar los dieciocho años decidió entrar en la Orden del Temple y poco tiempo después fue nombrado arzobispo de la ciudad por su padre; sin embargo, fue el amor que le profesó a una princesa noruega, Cristina Hâkonsdatter lo que le hizo renunciar a sus cargos eclesiásticos y a convertirse en un caballero terciario, dentro de la Orden, con permiso para casarse con la aristócrata.
 
Aunque pasaran a la clandestinidad y muchas de sus huellas fuesen borradas para no dejar rastro, lo cierto es que autores como Bécquer hicieron posible que estos caballeros no hayan pasado al olvido, ¿quién sabe si en la noche de difuntos se levantaran en el Monte de las Ánimas reclamando su lugar en el mundo? 

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